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Leíamos cualquier texto relacionado con Japón que caía en nuestras manos. Primero deambulamos con los personajes de La pagoda de cinco pisos, uno de los relatos de El samurái barbudo, editado por Satori, identificándonos con Jubei por la grandeza de su corazón. Quisimos coger todas las mandarinas que caían del tren en el que viajaba Akutagawa y desnudarnos en medio de Tokio corriendo por las calles en llamas con Yasutaka Tsutsui. Quisimos detener el tiempo en la vía láctea, viajando con la imaginación y los pequeños Giovanni y Campanella de la mano, gritando muy alto para que allá, en las pequeñas sendas de Tsuruoka que circundan el acaudalado río Mogami nos pudiera escuchar el sensei en su momento de gloria, creación y culto a la naturaleza. Allá, Matsuo Basho con los waraji haciendo camino con Sora, de templo en templo, de haiku en haiku pasando por el haiga y el haikai hasta llegar a la novela del siglo XIX y del siglo XX, donde la literatura evolucionó y dejó que los samuráis y las geishas se convirtieran en los protagonistas solitarios que pueblan las ciudades de los Murakamis, de las Yoshimotos, de los bestsellers de Kinokuniya. Viajábamos a Japón gratis, por la pituitaria nos llegaban los olores de nuestra tienda de sushi: el udón que sabía a Tokio, el sashimi de Kansai, el katsuo no tataki de Kochi, la tinta en la que se imprimían los textos japoneses; por la vista los colores corporativos de la sangre, rojo, el futuro, negro, y la imaginación blanca; por el tacto los tejidos de los tengui, los yukatas, el papel; y por el resto de los sentidos todas las historias que nos regalaban los escritores, traductores y editores japoneses y/o amantes de Japón, ellos y esos lectores ávidos, como nosotros, de conocer, saber, entender, pues gracias a ellos, pese a que la literatura pasaba malos momentos, los editores arriesgaban árboles para conceder deseos. Hemos soñado con tantos personajes y tantos cuervos del parque de Yoyogui y tantos líquenes creciendo entre piedras que han visto shogunes y emperadores, y tantas generaciones de flores que han creado tanka y concursos y relaciones de amor y de armonía. Hemos nacido en el desierto de La mujer de la arena de Kobo Abe y crecido con Basho, con Miyazawa, Ogai Mori, Tanizaki y Mishima. Pero si tan solo pudiéramos viajar en el tiempo paralelo de Michio Kaku y estar tumbados en un parque disfrutando del hanami mientras servimos ilusiones de colores dejando que las lámparas de papel, llenas de deseos, vuelen como libélulas hasta alcanzar el nirvana… Si tan solo pudiéramos… Entonces seríamos nosotros los que podríamos inventar también las historias que llenan de emociones. Nunca tendremos agradecimientos suficientes para todos los sensei, que nos invitan a conocernos cada día más y mejor. Y siempre, en algún rincón del mundo, una luz más, una estrella nueva lucirá, seguidora del encanto de las mariposas que se posan en las flores de sakura y del cantar de sus cigarras en verano. Éramos jóvenes y podíamos convertirnos en cualquier personaje de cualquier época. Éramos lectores y esperábamos que eso nunca cambiara, pese a los terremotos, los tsunamis y la distancia, que se hace larga e innecesaria, como la espera… Leíamos, simplemente, para vivir.

 

Editorial Astiberri
Comer en Japón, de izakaya en izakaya. Maravillosa manga El gourmet solitario por las calles de Tokio.

 

Editorial Astiberri
Paseos de un gourmet solitario. Probando las delicias de la comida japonesa.

 

Editorial Atalanta. Sendas de Oku. Matsuo Basho.
Sendas de Oku Uno de los mejores libros de viajes de la literatura japonesa.

 

Editorial Satori
Por honor a la naturaleza del hombre… El samurái barbudo.

4 MARZO 2014 Twiggy Hirota

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