Había llegado el papel, se desbordaba por los vanos de las ventanas, los periódicos inundaban las paredes de noticias de sucesos, deportes, actividades culturales, índice nikkei, política… Parte del pasado oficial de un pueblo se desparramaba por las oquedades que daban cobijo a los comedores de sushi, amantes del pescado crudo, devoradores de esencia y color, todo lo que prometía la comida, muy al contrario que lo hacía la pulpa de la paredes. Una textura gris de noticias pasadas solo era el decorado donde darse cita, las noticias ya no existían, eran una extensión de otra vida y otro lugar: existía el aquí y el ahora. Comer, amar, socializar, charlar, reír. Los que un día abrieron sus obentos para reunir fuerzas y crear un lugar común veían pasar  a los vecinos con caras de deseo. Deseaban aquello que mejor sabían hacer. Placer, todo el placer fresco del mundo en un bocado, una explosión de sabores del Japón más dulce. Allá a lo lejos habían aprendido escuela y en este lugar lo habían trasladado a un paladar menos acostumbrado a la crudeza de la vida. El secreto estaba en la materia prima y en el deseo. Como la misma vida. Nacer gracias a la materia prima con la que se fabrican los padres, desear y dejar que la naturaleza siga su curso. El papel no solo era parte del decorado, lo era de los guiños, de la decoración móvil, de las mujeres que con sus manos y el washi se acercaban a la realidad japonesa: papel y naturaleza . Ponle amor a lo que haces, compártelo. Y entonces todos estarán contentos. Todos los buenos: los seres animados de papel, los de carne y hueso con la sonrisa pintada de libertad, los hombres de salmón, la mujeres de pepino, los niños de arroz. Todos.

 

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Kirigam “YUKI”

 

16 SEPTIEMBRE 2013 Twiggy Hirota

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